En Vuelta de Obligado, la Argentina sostuvo un cruento combate frente a una flota de intervención anglofrancesa. Tras los barcos de guerra que subían hacia Corrientes, seguían 90 naves mercantes dispuestas a darle el verdadero sentido a la expedición: abrir los mercados y transformar al Paraná en un río internacional. San Martín consideró a la Guerra del Paraná como una “segunda” gesta de la Independencia. Sin embargo, buena parte de la historiografía argentina aún prefiere esquivar la incomodidad de memorar aquella jornada.
En 1845, el Sitio de Montevideo entraba en su tercer año. Por entonces, los defensores apenas lograban sostenerse merced a los exiliados argentinos, al generoso financiamiento francés y a una vasta red de legiones extranjeras, conducidas por el mercenario italiano Giuseppe Garibaldi.
De un lado, federales argentinos junto a blancos uruguayos. Del otro, nuestros unitarios abrazados a los colorados orientales resistiendo en su último reducto. En Montevideo, se resolvía -una vez más- un nuevo capítulo de las eternas guerras civiles platenses. El presagio rondaba un triunfo del cerco militar de Rosas, Oribe y Brown, salvo que -como ya había ocurrido en tiempos de Lavalle- mediara una intervención europea y la guerra civil se enroscase aún más con barcos, soldados y dinero llegados de Londres y París.
Y al cabo, éso fue lo que ocurrió. La llamada Guerra del Paraná formó parte de un conflicto interno, pero incrementado por la intervención directa de quienes portaban intereses políticos y económicos de alcance global.
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